miércoles, 10 de septiembre de 2014
viernes, 6 de junio de 2014
Un adiós a nuestros campos...
Ayer por la mañana decidí recorrer los campos
cercanos a mi barrio, aquellos que marcaron mi infancia y donde terminó de
forjarse esta enorme pasión que siento por el mundo natural desde tan temprana
edad. Hace unos años, cuando no habían edificado aún junto a dicho barrio,
podía ver las colinas desde la ventana y muy al fondo el mar y hasta una parte
de la playa. En estaciones más húmedas esas colinas se convertían en un océano de
verdes y altas hierbas que se mecían a merced del característico viento tarifeño,
formándose ondas y toda clase de dibujos sobre el espeso manto verde. Yo me
quedaba embobado mirando por la ventana tan bellísimo espectáculo. Y qué decir
de toda la flora y fauna que podían allí encontrarse…
Debajo de todos esos caminos de máquinas se
encontraba el "Cuadrado del Ajedrez"
Aquí se formaba una especie de lago...
y aquí otro más grande todavía...
Como ya he ido notando a lo largo de los
años, puedo empezar a ir diciendo adiós definitivamente a todo ello. Hace tiempo
que llevaba viendo topógrafos haciendo mediciones y ayer ya me di cuenta de para
qué. En cierto modo se me encogió el alma, he de reconocerlo. Subir colinas y ver
las zonas donde con la lluvia se formaban lagunas repletas de vida tapadas con
escombros y tierra fue ciertamente duro. Y encima no ayudaba nada la época en que he
realizado la visita, con todo tan seco. De una forma tan descarada, las edificaciones
cada vez reducen más todo lo natural.
Esto era una especie de acantilado de cierta altura, justo
encima de donde se formaba uno de los lagos, al lado
de la torreta que se ve en la imagen anterior
Está claro que la globalización no se va a
detener por mis recuerdos, y para ser sincero no creo que a casi nadie de las
zonas colindantes les importe mucho que todos esos terrenos donde pasaron su
infancia jugando vayan a desaparecer. Y
cuando nuestras memorias desaparezcan, todo desaparecerá también. Ya no
existirán ni Los Túneles, ni el Piano, ni el Cuadrado del Ajedrez, ni Las
Baterías, ni la Fábrica de ladrillos. Pero bueno, al menos si tendremos
adosados con unos precios a los que los autóctonos difícilmente podremos
acceder.
viernes, 30 de mayo de 2014
martes, 27 de mayo de 2014
Paperhouse (La casa de Papel) 1988
Cuando
alguien me pregunta cuál es mi película favorita lo más habitual es que
conteste “Blade Runner”, una de esas cintas que solo me gusta ver en ocasiones
muy especiales. Pero en realidad, en mi filmoteca hay una película con mucho
más significado para mí, su título: “Paperhouse” o “La Casa de Papel” en
España.
No sabría
decir el año exacto en el que descubrí esta película, pero sí recuerdo
claramente que fue de pequeño, junto a mi hermana y en Canal Sur, en una
especie de ciclo de cine de terror que echaban los viernes. Donde aparte del
film, incluían un documental sobre la temática que la cinta en cuestión
abordaba.
Anna es interpretada por Charlotte Burke
El encargado
de dirigir esta obra fue el británico Bernard Rose en 1988, de cuya filmografía
lo siguiente más destacado hasta donde he podido ver es Candyman (1992), y además con muy buena nota. Paperhouse está
basada en el libro Marianne Dreames
de Catalina Storr y cuenta la historia de una niña que, enferma de fiebre, puede
ver en sus sueños lo que anteriormente ha dibujado. Tras un primer desmayo,
Anna (en la película no se llama Marianne como en el libro y está protagonizada
magistralmente por Charlotte Burke) se despierta en una pradera con una casa al
fondo lo cual la deja bastante desconcertada. Tras ser despertada de un segundo
desmayo en el que consigue acercarse a la extraña casa, se da cuenta de que lo
que ha estado viendo en su sueño se corresponde con un dibujo que ella había
realizado con anterioridad. A partir de entonces Anna comienza a completarlo, esbozando
primero en una de las ventanas a un chico con cara triste y que no podrá andar
debido a que no le ha dibujado piernas (llamado Marc) y que se convertirá en su
compañero y amigo a lo largo de la cinta. Y posteriormente a su padre, con la
intención de que ayude a Marc, y reflejando al mismo tiempo el deseo de que
vuelva junto a ella y su madre, ya que constantemente se encuentra fuera por motivos
de trabajo. Pero Anna cometerá un gran error en esta última pretensión: sin
quererlo dibuja a su progenitor con un rostro ciertamente malvado…
La película
aborda el mundo de los sueños de una manera sublime, con escenas que a veces bien
podrían pertenecer a un cuadro de Dalí, con una gran facilidad para pasar en
muy poco tiempo de lo agradable a lo tétrico y lo terrorífico. De hecho lo
acertado de la novela y la película está en que son dos niños los que viajan al
subconsciente más profundo, a un mundo que a cualquier adulto acabaría
volviéndolo loco. Además, es el ejemplo perfecto de que en el cine no hace falta
hacer gala de grandes efectos especiales para
transportarnos a lo onírico y lo fantasioso de una manera tan real. Y a
todo ello ayuda muy eficazmente la banda sonora a cargo de Hans Zimmer y los
paisajes ingleses elegidos.
En su mayor
parte la crítica recibió la película con muy buenas opiniones, viendo además en
Bernard Rose un director muy prometedor. Sobre Charlotte Burke que hace de
Anna, si no me equivoco creo que no ha hecho nada más igual de destacable desde
entonces, y en cuanto a Elliott Spiers que interpreta a Marc, solo le dio
tiempo a trabajar en una película más, Taxandria (1989), ya que falleció en
1991. Según la Wikipedia su muerte se produjo al enfermar gravemente por los
efectos secundarios de un medicamente contra la malaria, pero en otra parte leí
que era un joven maniacodepresivo, lo que le llevó a quitarse la vida.
Sinceramente
pocas películas han calado tanto en mí como Paperhouse, y eso que tardé
bastantes años en volver a verla, concretamente hasta que un colega me la grabó
de un canal de pago. En parte puede que sea porque está asociada a una parte de
mi infancia, a esa época de la vida en la que para la mayoría de personas todo
es más sencillo y divertido. Pero no cabe duda de que a pesar de no ser una
superproducción la película tiene una evidente calidad, y es que pocas veces el
séptimo arte nos ha hecho introducirnos en el mundo de los sueños de una manera
tan acertada. Refleja los anhelos y los miedos de cualquier niño, que en
realidad bien podrían corresponderse con los de cualquier adulto.
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