Hace justo un año, tan solo unos meses después de nuestra primera visita, intentamos volver a aterrizar en Islandia. Pero, por diferentes motivos, al final no pudo ser.
Es ahora cuando por fin hemos podido culminar nuestro ansiado regreso. Y ello a pesar de las amenazas de cancelaciones por la supuesta falta de queroseno.
Día 1
Con muy pocos vuelos directos desde Málaga, no nos quedó otra opción que volver a hacer escalas. Para esta aventura los trayectos fueron Málaga-Milán-Keflavík para la ida, y Keflavík-Amsterdam-Málaga para la vuelta.
Tras aterrizar sobre las 18:00 de la tarde en el aeropuerto de Keflavík, recogimos nuestro coche de alquiler y nos dirigimos al alojamiento.
Estábamos tan cansados del día entre terminales y vuelos que sólo por momentos llegamos a ser consciente de donde volvíamos a estar. El frío nos despertó algo de camino al supermercado, pero, con la luz alargándose al llegar la noche, estábamos deseando coger la cama.
Día 2
La cama y el edredón nos atrapó, lo que será una tónica en nuestra estancia en la isla. Pero había que poner rumbo al norte y volver a comenzar, ahora sí, otra gran aventura.
Ya en la carretera no tardamos de darnos cuenta de que no es el tiempo que nos esperábamos. Las nevadas no habían terminado aún, y cuanto más avanzábamos, más eramos conscientes de que el invierno no parecía haber terminado aún.
Las montañas nevadas se erigían como guardianes que nos observaban y permitían, entre intermitentes pequeñas nevadas, avanzar entre sus dominios.
Así seguimos hasta llegar a nuestra primera parada: Hvítserkur.
Se trata de una enorme roca basáltica con una peculiar forma. Hay quien la asemeja a un dragón bebiendo agua. Lo cierto es que es espectacular.
Nos quedamos un rato por allí y nos entretuvimos con los invertebrados marinos que arrastra la marea hasta la orilla y con la avifauna.
El siguiente destino sería ya nuestro alojamiento en Hjalteyri, donde haríamos noche para afrontar el siguiente día.
De camino volvimos a adentrarnos entre montañas totalmente blancas y por sorpresa nos tocó una fuerte nevada que casi nos hizo tener que parar. Y es aquí cuando la preocupación nos envolvió, pues con ese tiempo no sabíamos si al día siguiente podríamos realizar nuestro principal objetivo del viaje. Con todo ello, llegamos hasta nuestro próximo dormidero.
Dimos un pequeño paseo, antes de encerrarnos, por el pequeño puerto cercano situado en un fiordo.
Día 3
El escenario con el que nos despertamos era bellísimo. Todo estaba cubierto de nieve. Pero el miedo aumentaba viendo el pronóstico del tiempo.
No nos quedó otra que ponernos en marcha hasta el puerto de Dalvik.
Aquí estaba el momento que tanto había ansiado repetir desde nuestro primer viaje a Islandia.
La incertidumbre aumentaba. El Sæfari, el barco que nos llevaría hasta nuestro ansiado destino, que no era otro que Grímsey, estaba en puerto.
Al bajar del coche vimos que estaba cargando y para disipar totalmente las dudas fuimos a preguntar directamente a uno de los trabajadores. Y sí, salíamos.
Nos pusimos muy contentos, pues por fin estaba a punto de realizarse nuestro principal objetivo. Pero recordando el anterior viaje, y con este estado de la mar, sabíamos que el trayecto no sería nada cómodo.
Y así fue. Las más de tres horas de camino se hicieron muy muy largas. Cuesta creer que este barco tan pequeño sea el encargado de navegar por un mar que nos estaba mostrando la peor de sus caras.
Afortunadamente para mí, la biodramina hizo su efecto y consiguió dormirme por momentos.
Nos quedamos en la parte inferior y ni quería mirar más de lo necesario el ojo de pez, porque en todo momento se veía totalmente cubierto.
Y finalmente llegamos a puerto. Estábamos vivos, pero algo destrozados. Allí nos recogió la encargada de nuestro alojamiento, y menos mal, porque había una fuerte nevada en ese momento. Y tras un breve reposo y reponer fuerzas, nos echamos al campo.
Haciendo memoria, cuando en 2024 estuvimos aquí, las cinco horas de parada del barco se nos fueron volando, y al final poco pudimos ver de la isla. Desde entonces se me quedó una espina, pues sabía que esta isla tenía más potencial natural de lo que vimos.
Ya en ella, nos dirigimos hacia el punto más septentrional tanto de Grímsey como de Islandia. Allí vemos dos piedras, una con el año 2017 y otra con el de 2047 casi al borde del agua. Supuestamente, para este último año el círculo polar ártico pasará por ahí y para 2050 se calcula que Islandia quedará fuera del Ártico hasta al menos 200 años.
Al mismo tiempo vimos los primeros frailecillos, otro de los motivos para quedarnos un par de días en esta isla. Yo ya los había visto en mi área del Estrecho (pero en el mar) y en los acantilados de Moher, en Irlanda, pero quería tenerlos más cerca para atiborrarme de fotos. Y es que lo merecen.
Con todo ello, regresamos al alojamiento y durante esa noche y todas las que pasamos en el norte de Islandia, no llegamos a ver la noche cerrada.
Día 4
Nada más despertar, desde nuestra habitación, vemos unos bultitos negros al borde del acantilado. Los frailecillos y otras aves nos esperaban.
Tras el desayuno preparado por nuestra anfitriona, cogemos las cámaras y nos dirigimos hacia el norte de la isla. Aquello es una explosión de vida. Frailecillos, alcas, araos, gaviotas… Los acantilados estaban repletos de aves, y las praderas también.
Ayudaba aún más el que el sol hiciera acto de aparición y fuera derritiendo la nieve. ¡Qué maravilla de mañana! Con nuestras cámaras, multitud de aves y aislados de todo…
Dimos buena cuenta de todo aquello y por la tarde nos fuimos hacia el sur de la isla, hacia la parte poblada.
Aquí estaba su característico faro islandés y muy cerca las columnas de basalto.
Bicheamos un poco en una playa de piedras y desde esta zona divisamos el que sería el objetivo del día siguiente, el sendero que nos hará dar la vuelta al completo por la isla.
Mientras, regresamos a los acantilados más próximos a nuestro alojamiento para dar fin al día. Allí seguimos retratando aves. La luz es la mejor aliada en nuestra empresa.
Día 5
El primer vistazo por la ventana nos hizo ver que la isla estaba cubierta de blanco. Había nevado mientras dormíamos. También era el día de nuestro regreso a la isla mayor.
Nos dirigimos hacia el sur de la isla, pasando de nuevo por el faro, con la comentada idea de recorrer por completo Grímsey. Y fue un gran acierto.
Nos deleitamos con el paisaje nevado y los impresionantes acantilados del este. Los frailecillos eran la plaga más bonita que hayamos visto, estaban por todas partes.
Habíamos observado ovejas y creo que algunas vacas de lejos, pero todavía no habíamos visto los caballos islandeses que allí habitaban. Hasta que nos topamos con ellos cerca de nuestro alojamiento. Por cómo nos miraban, imponían un poco y más por estar tan próximos al acantilado. De hecho, parece que uno de ellos se puso un poco brusco a nuestro paso.
A pesar de ello, fue el gran broche antes de partir hacia el puerto, donde a las 14:00 dejaríamos la isla.
Aunque nevaba algo, no había mal tiempo ni motivo para que el barco no viniera a Grímsey, pero fue un alivio verlo allí según nos acercábamos. De no haber partido en esa jornada, no lo haría hasta dentro de tres días, por lo que perderíamos nuestro vuelo de vuelta más los demás alojamientos.
Grímsey se quedó en mi desde la primera vez que la pisé, y muchos meses anhelé volver. Cuando lo pienso sonrío de felicidad, porque no sabía si lo lograría algún día. Al final ocurrió de la mejor manera posible, dejándonos un gran recuerdo, del aislamiento, de sus falsos anocheceres, de sus simpáticos frailecillos y de sus bucólicos paisajes.
Para la vuelta, el mar estaba en calma total e incluso volvimos a ver delfines y ballenas hasta llegar por fin a Dalvik. Desde allí pondríamos rumbo a Akureyri, donde pasaríamos dos noches.
Día 6
Para esta jornada el propósito era visitar las cascadas de Dettifoss y Selfoss y dirigirnos posteriormente hacia Húsavík para ver ballenas.
El sol fue el protagonista de esta jornada, que nos iluminaba más si cabe cuando conducíamos por algunas carreteras donde la nieve no ha conseguido ser apartada por las máquinas. Así llegamos hasta Dettifoss.
La vista que teníamos es la del mirador, aunque sabíamos que había otra más próxima a la cascada a la que no intentamos llegar por falta de tiempo. Tampoco creo que con la nieve que había hubiese sido tarea sencilla.
El caudal impresionaba, pero sería más espectacular todavía cuando el deshielo fuese completo.
Muy cerca estaba la cascada de Selfoss. El día tan soleado y con la nieve por todas partes les daba a esos parajes un ambiente especial.
De aquí pusimos rumbo a Husavik.
La embarcación en la que salimos para avistar cetáceos era una tradicional islandesa que se había adaptado para tal empresa. Y mejor así que en un catamarán, pues casi podíamos tocar y ver el agua de cerca.
Casi nos obligaron a ponernos trajes de aislamiento para el frio, y es que hacía mucho.
La salida fue todo un éxito. Vimos marsopas y seis ballenas jorobadas, y algunas de ellos pasaron muy cerca de nosotros.
Puedo ser repetitivo, pero esos fiordos islandeses, resguardados entre esas imponentes montañas nevadas, no dejaba de impresionarnos y cautivarnos. Navegar por tal escenario fue realmente impresionante.
También tuvimos surte con el tiempo, pues aparte del sol, el mar parecía una patena. Y así de bien aguantó, hasta justo regresábamos a puerto, cuando el mar comenzó a moverse algo más y las nubes comenzaron a aparecer.
Día 7
Era el día de regresar al sur. Dejábamos Akureyri y el norte, y en varias horas debíamos estar en nuestro siguiente destino, el túnel de lava Raufarhólshellir.
La variedad de paisajes volvió a envolvernos, dejando atrás la nieve según bajábamos. Para ser Islandia, el tiempo en general se había portado bastante bien con nosotros. Pero la lluvia nos esperaba para despedirnos en el sur.
Acercándonos a Raufarhólshellir comenzamos a adentrarnos en espectaculares terrenos volcánicos envueltos en musgo que parecen característicos de la parte meridional.
Ya en el destino comentado, compramos nuestras entradas. Parece que este túnel de lava es una de las cuevas más extensas de Islandia, aunque nuestro recorrido se redujo a una hora. Pero mereció mucho la pena. No todos los días uno se adentra en un lugar así.
La verdad es que el viaje había sido todo un éxito, cumpliéndose todos los objetivos, y el colofón y punto final, antes de entregar el coche y volar a España al siguiente día, lo pusimos al visitar el área costera de Valahnúkamöl. La lluvia le dio a nuestra llegada un halo más mágico con el mar enfurecido chocando contra las rocas.
La pena es que ello, sumado a la niebla, nos impidió divisar el islote de Eldey, famoso por ser el hogar de las dos últimas alcas gigantes registradas. Como escribo en otra entrada, tuve la fortuna de ver una de ellas en Bruselas.
En la misma playa hay una escultura de bronce de un alca gigante en memoria de la extinción de estas aves.
Todavía, mientras escribo estas líneas, no llego a ser consciente de que he estado dos veces en el país que de niño tanto soñaba con visitar.
Grímsey me llevó a realizar este viaje, y es muy seguro que Valahnúkamöl y todo su entorno serán la excusa perfecta para volverme a traer por tercera vez a Islandia. Quedan muchas cosas por ver en esta maravilla de país. Todo es cuestión de tiempo.
.jpg)


























































